15 de junio de 2017 16:46

La paja de mocora da nombre al cantón Paján, en Manabí

Adolfo Bermeo sahúma la fibra en un horno y luego la seca al sol en sus tendales. Foto: Enrique Pesantes/EL COMERCIO

Adolfo Bermeo sahúma la fibra en un horno y luego la seca al sol en sus tendales. Foto: Enrique Pesantes/EL COMERCIO

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Elena Paucar
Redactora
(F-Contenido intercultural)

Ángela Peñafiel pasa días enteros frente al telar de 32 cordeles que cubre una pared de su casa. Sus dedos se escurren con rapidez, entretejiendo la paja amarillenta para dar forma a un petate. “Empecé a los 12 años”, dice con timidez.

La mujer de 74 años es una de las legendarias tejedoras de San Juan Bautista de las Golondrinas de Paján, cantón manabita que limita con Guayas y que recibe su nombre por la paja de mocora que brota de su tierra. Los ramos resecos, tostados por el sol, reposan junto al telar de doña Ángela.

La Astrocaryum standleyanum o palma de mocora crece en los bosques secos y húmedos del Litoral. Es abundante en Manabí, donde reverdece en los campos de la parroquia Campozano, a unos 10 minutos del centro urbano de Paján.

Las palmeras de 15 metros o más rebasan a los laureles y mangos. Es fácil identificarlas por su tronco lleno de espinas y su copa revestida con hojas abiertas como un abanico.

Ángel Serrano las ha visto desde que era un niño y recorría los mocorales de la finca La Gloria, herencia de su padre. Él es uno de los viejos mocoreros, los cosechadores de cogollos tiernos, que recolectan unos 100 por semana. Cada cogollo se vende en USD 1.
En su pedazo de finca crecen más de 200 palmeras. Su yerno, Pedro Segura, es ágil en el corte. Se interna en el campo con una larga caña guadúa, armada en uno de los extremos con un cuchillo curvo.

“Este es el pajero, bien afilado. Primero hay que tumbar una rama para abrir espacio y no dañar el cogollo”, dice sin despegar la mirada de las alturas. En solo segundos, un estruendo corta el silencio en el bosque. Una rama verdosa, sin brotar, se desliza por el tronco y se desparrama en el suelo.

Don Ángel y su hija Mariana están listos para ‘sacar’ la paja. Primero la ‘despican’, o arrancan las hojas del tallo; después la ‘desvenan’, para remover la nervadura que nace en el centro; y al final, el ‘sacado’, o despegar, como un adhesivo, una fibra finita, casi transparente.

Esa es la materia prima que luego tomará forma de hamacas y sombreros, de las esterillas que cubren las monturas de los caballos y de los petates, conocidos como la ‘cama montuvia’. “La mocora siempre ha crecido aquí. Este es nuestro sustento”, cuenta Mariana.

En 1808 Paján se llamaba Pajonales y era parte de Portoviejo. A finales del siglo XIX, sus productos de mocora eran exportados a Perú y Japón.

Antes, en la época prehispánica, la palma reinaba en medio de las culturas Valdivia, Bahía y Manteño-Huancavilca, que construyeron viviendas sólidas, con techos de paja. Ese fue el panorama que halló el conquistador Pedro de Alvarado, en 1534, cuando bautizó al caserío de Pipai como San Juan Bautista de las Golondrinas.

El libro ‘Palmas ecuatorianas: biología y uso sostenible’ relata que existían densas poblaciones de mocora en las colinas del centro Manabí. Pero el avance de los cultivos fue acabando con su dominio.

Hoy, en los caseríos de Paján los mocoreros están comprometidos con su cuidado. “Dejamos que la planta abra algunos cogollos, que se vista. La dejamos descansar entre cortes”, comenta Félix Espinosa.

Él vive en Las Maravillas, donde tienen un vivero con plántulas de mocora. Cada enero, con las lluvias, siembran algunas en el bosque y aguardan entre siete y diez años para que crezcan. “Un mes se deja abrir un cogollo y el siguiente se lo coge”.

Cada domingo, Adolfo Bermeo visita a los mocoreros en busca de los brotes frescos. Por 20 años se ha dedicado al secado de la paja, que luego entrega por quintales a los comercializadores del centro de Paján.

Los bultos verdosos cubren un patio. La fibra húmeda pasa por un horno de barro, donde un sahumerio con carbón y azufre hace su parte. Después se guinda en tendales, donde es secada al sol por cuatro días. “Tiene que quedar blanquita”, dice Bermeo .

Cada kilo de la paja lista se vende en USD 8. La de primera calidad va a Perú; otra parte se queda en el cantón para, entre otras cosas, los petates de doña Ángela. “Mi tío Erasmito me enseñó el tejido -recuerda-. Y yo le enseñé a mis hijos”.

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