13 de agosto de 2017 00:00

El ocio, esa ilusión que todos buscan

Comensales disfrutan de un momento de ocio en la cafetería Les Deux Magots, un local de Saint-Germain-des-Prés de París, que era frecuentado por intelectuales.

Comensales disfrutan de un momento de ocio en la cafetería Les Deux Magots, un local de Saint-Germain-des-Prés de París, que era frecuentado por intelectuales.

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Alejandro Ribadeneira
(O)
Editor de Vida Privada

Ocio y trabajo son dos conceptos que se necesitan para comprenderse. Como amor y odio. O luz y oscuridad. Por eso, no importan las épocas ni los contextos, los grandes pensadores han abordado el asunto del descanso, del tiempo libre y las vacaciones siempre con el trabajo en la mira, aunque últimamente se utiliza otra palabra: consumo.

Una de las obras contemporáneas más conocidas sobre la dicotomía ocio-trabajo/consumo es ‘La sociedad del cansancio’, de Byung-Chul Han y publicada en el 2010. Han, surcoreano pero residente en Alemania (dos países capitalistas y consumistas por excelencia), plantea que en este siglo XXI las personas no son explotadas sino que son ‘autoexplotadas’, y que el descanso no es otra cosa que una ilusión que se ar­ticula al consumo.

Para Han, esas cafeterías a las que acudimos para conversar con nuestras amistades, esos cines a los que entramos para disfrutar de dos horas de evasión, esos estadios a los que acudimos para apoyar a nuestros equipos preferidos, esos gimnasios a los que encomendamos el perfeccionamiento de nuestros cuerpos, no son sino ilusiones de descanso, todas articuladas al consumo.

El filósofo surcoreano considera que el relax y el ocio son necesarios para producir más, pero no es optimista al describir la realidad: considera que todos, hasta los ejecutivos mejor pagados, han aplazado el ocio por culpa del consumo.

Es curioso que Han también plantee que el ocio verdaderamente útil es el de la contemplación, del que hablaban los clásicos griegos, pues es el único que verdaderamente provoca conocimiento.

Aristóteles y Epicuro enaltecen en sus escritos el ideal de vida de la ‘Skholé’, detenerse y contemplar. Eso solo podían hacer los señores. Los esclavos debían trabajar, estar en el ‘Askholé’. Claro que, a pesar de que había una división social entre los que debían trabajar y los que podían contemplar, no se había inventado el ocio como método de dominación.

El ‘otium’ para el pueblo
Eso fue mérito de los romanos. La reflexión sobre el ocio parte desde el mismo origen de la palabra latina ‘otium’, que los romanos daban al tiempo de descanso, aunque al principio, más que un asunto laboral, era un tema militar.

El ‘otium’, el tiempo para el ocio personal, llegaba en invierno, cuando las huestes romanas estaban estacionadas y había dos meses, enero y febrero, para el descanso personal.

En campaña, los soldados romanos tenían el ‘otium negotiosum’, un tiempo libre en que se cumplía alguna actividad personal, y el ‘otium otiosum’, un tiempo para no hacer nada de nada. ¡Ocio puro en las pausas entre las batallas!

Los mismos romanos inventaron un tipo de ocio según la clase social. Cicerón habla de un ocio para recreación del espíritu y de otro, el negotiosum, para la plebe. Es el famoso pan y circo, alimentado por los señores y usado como instrumento de control. ¿No es el deporte profesional una versión refinada de esta situación?

Ocios modernos
El ocio nunca dejó de ser un tema de los pensadores, aunque adquirió una renovada atención desde que el capitalismo se impuso como sistema en el mundo. El alemán Karl Marx, por ejemplo, planteó que la construcción de la nueva sociedad que él predijo (y que nunca llegó) tendrá como principal medida de la riqueza social, el tiempo libre y no el tiempo de trabajo. En definitiva, serían lo mismo, pues el tiempo libre quedaría para el ocio y el tiempo de trabajo sería para el desarrollo de las aptitudes personales.

Otro filósofo que dio atención al problema del ocio fue el británico Bertrand Russell, que en 1932 escribió ‘Elogio de la ociosidad’. Sí, ociosidad, porque parte del refrán “La ociosidad es la madre de todos los vicios” y se empeña en defender ya no solo el tiempo libre sino la pereza.

Russell, deliciosamente irónico, en todo caso necesita abordar el tema del trabajo y lo divide en dos tipos: el trabajo que transforma la materia y el trabajo de dar órdenes a los que la transforman. Aunque admite que el sabio empleo del tiempo libre es un producto de la civilización y de la educación. Y, ¿cómo debe ser ese tiempo sabiamente usado? Simple: en satisfacer la curiosidad, en desarrollar las aficiones y en ser útil al mundo.

El germano-estadounidense John Neulinger publicó en 1974 ‘Psicología del Ocio’, un texto que planteó la existencia de tres tipos de ocio. El primero considera al ocio como tiempo libre. El otro es el ocio sociológico, que considera como una actividad. Y el tercero es el ocio psicológico, entendido como un acto mental, “un estado positivo, muy deseable”.

Menos psicológicos son Norbert Elias (germano-neerlandés) y Eric Dunning (británico), autores de ‘Deporte y ocio en el proceso de la civilización’, un compilado de 1986 de sus análisis. Ambos analizan el fenómeno del deporte, o mejor dicho de la ‘deportivización’ de los pasatiempos como un suceso civilizador del capitalismo. La violencia, que tanto seduce a la humanidad, se reinventó en el deporte, convertido en uno de los focos de ocio más poderosos de la historia porque posee un ingrediente clave: ¡emoción!

Elias y Dunning hablan de un ocio ‘emocionante’, que es agradable pero al mismo tiempo “una forma de excitación a menudo asociada, como claramente vio san Agustín, con el temor y la tristeza”. Eso ha sido el fútbol en Inglaterra (que lo reglamentó cuando era la máxima potencia del mundo) y en América Latina: una forma de ocio que oscila entre la felicidad y las lágrimas, o ambas al mismo tiempo.

Más superficial es el alemán Ulrich Schnabel, que en el 2008 publicó ‘Ocio, la felicidad de no hacer nada’, en que, lejos de teorías científicas, más bien ofrece test para que el lector sepa si está estresado y evaluar si realmente tiene tiempo para disfrutar una puesta de sol sin mirar el celular. Sí, es una paradoja que en estos tiempos en que el ocio es escaso, aparezcan este y otros manuales de autoayuda que recomiendan cómo usar el tiempo libre mientras malgastamos el tiempo leyéndolos.

Han, al final, tiene razón. El ocio se articuló al consumo, incluso al de los consejos de cómo aprovechar el ocio.

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